Por Sergio Pulgarín / @pulgacho18
Puede sonar cómo una locura. En
últimas son los clubes europeos los que mandan la parada en el fútbol
internacional. No sólo por sus jugadores estrella, ni por sus clubes
gigantescos que se han convertido en empresas y han distribuido su marca
alrededor del mundo, sino por toda la parafernalia que los rodea. Sus competiciones son las más televisadas a
nivel mundial (sólo detrás del Mundial, y eso, porque los partidos de Champions
League los transmiten en todo el mundo con una frecuencia mucho mayor), todo
jugador sueña con jugar en una de las ligas top
del Viejo Continente, y en líneas tanto generales cómo específicas es el
más completo, y por ende mejor fútbol que hay en todo el mundo.
Hay que tener en cuenta que el
fútbol es tanto lírico como místico, tanto poesía como pasión. La poesía se
puede encontrar en el gol que le hizo Dennis Bergkamp al Newcastle en el 2002,
en un tiro libre de Pirlo, o en una atajada de Buffon; en una descolgada por la
banda de Cristiano o en un pase de Iniesta; en un cierre de Franco Baresi o en
una escapada de Franz Beckenbauer, entre muchísimos otros momentos. La pasión
es lo que se encuentra en el barrio, en el potrero, es esa identidad que el
futbolista latinoamericano tiene y que no la pierde ni la perderá nunca, así
como el europeo nunca olvidará la técnica. La otra parte del fútbol, esa que
proviene desde nuestro continente, es la que demostró Diego Maradona cuando
metió el gol definitivo contra Inglaterra en los Cuartos de Final de Mexico 86,
o lo que Pelé hizo con su Santos mágico y con Brasil en tierras manitas 16 años
atrás. Lo que el Pibe Valderrama plasmaba en la cancha con un pase o Hugo
Sánchez materializaba en gol. Lo mismo que hoy diferencia el juego de Neymar,
Messi y Suárez en el Barcelona, el de Marcelo y James en el Real Madrid o el de
Sergio Agüero en Manchester City o Alexis Sánchez en Arsenal. Es esa pasión con
la que se toma el fútbol de éste lado del Atlántico.