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lunes, 2 de marzo de 2015

Locura

Por Sergio Pulgarín / @pulgacho18

Puede sonar cómo una locura. En últimas son los clubes europeos los que mandan la parada en el fútbol internacional. No sólo por sus jugadores estrella, ni por sus clubes gigantescos que se han convertido en empresas y han distribuido su marca alrededor del mundo, sino por toda la parafernalia  que los rodea.  Sus competiciones son las más televisadas a nivel mundial (sólo detrás del Mundial, y eso, porque los partidos de Champions League los transmiten en todo el mundo con una frecuencia mucho mayor), todo jugador sueña con jugar en una de las ligas top del Viejo Continente, y en líneas tanto generales cómo específicas es el más completo, y por ende mejor fútbol que hay en todo el mundo.

Hay que tener en cuenta que el fútbol es tanto lírico como místico, tanto poesía como pasión. La poesía se puede encontrar en el gol que le hizo Dennis Bergkamp al Newcastle en el 2002, en un tiro libre de Pirlo, o en una atajada de Buffon; en una descolgada por la banda de Cristiano o en un pase de Iniesta; en un cierre de Franco Baresi o en una escapada de Franz Beckenbauer, entre muchísimos otros momentos. La pasión es lo que se encuentra en el barrio, en el potrero, es esa identidad que el futbolista latinoamericano tiene y que no la pierde ni la perderá nunca, así como el europeo nunca olvidará la técnica. La otra parte del fútbol, esa que proviene desde nuestro continente, es la que demostró Diego Maradona cuando metió el gol definitivo contra Inglaterra en los Cuartos de Final de Mexico 86, o lo que Pelé hizo con su Santos mágico y con Brasil en tierras manitas 16 años atrás. Lo que el Pibe Valderrama plasmaba en la cancha con un pase o Hugo Sánchez materializaba en gol. Lo mismo que hoy diferencia el juego de Neymar, Messi y Suárez en el Barcelona, el de Marcelo y James en el Real Madrid o el de Sergio Agüero en Manchester City o Alexis Sánchez en Arsenal. Es esa pasión con la que se toma el fútbol de éste lado del Atlántico.



Lo anterior me lleva al porqué de mi locura, que es una locura justificada. Mientras la gran mayoría dirán que prefieren la Champions League y con toda la razón del mundo, yo prefiero un torneo que,  a pesar de su constante debacle y de la falta de constancia de los equipos que participan en él, sigue siendo un torneo inmenso, lleno de gloria, de historia, de mística, y sobre todo de pasión, tanto en sus tribunas como en la cancha. No es el fútbol de Champions, ni el fútbol de toque. Es el fútbol de meter, el fútbol de correr los 90 minutos. Ese fútbol donde la gente se ensucia, donde la garra gana los partidos. Ese mismo donde el juego físico e intenso que tanto critican en equipos como el Atlético de Madrid en Europa (qué casualidad, ¿quién lo dirige?) es el pan de cada día; ese impredecible torneo en el que se juega en todos los pisos térmicos en cuestión de semanas y que es dificilísimo de ganar. Esa hermosa Copa Libertadores llena de Diablos Rojos, Aurinegros, Peixes, Pincharratas y Bosteros, de los Francescoli y los Riquelme, de los Bianchi y de los Zubeldía, de los Higuita, los Maturana, los Cubilla y los Telê Santana.

Plantel de Once Caldas, campeón de la Copa Libertadores 2004


No me malinterpreten. Admiro el fútbol europeo, pero en mi corazón la Copa Libertadores tendrá siempre un lugar más especial. Así en Europa se juegue un fútbol bonito y en éste momento sea más que complicado ganar un Mundial de Clubes, me gusta recordar al Estudiantes que fue campeón del mundo en Old Trafford, a ese Racing que le ganó al Celtic en el 67, al Boca de los colombianos o al Flamengo de Zico, e ilusionarme otra vez con el momento en que el barrio le gane al teatro.


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